Las islas no son baratas

isla

Foto: B.B.

La isla estaba cerca de la costa. Por eso era más cara. Quería construir una casa, ni demasiado grande, ni demasiado modesta. Aún así tenía que llevar ladrillos, cemento, obreros, al arquitecto, a su tío que era decorador y estaba pasando por un mal momento, muebles de estilo colonial, la base de una piscina de agua salada, el televisor de 42 pulgadas, la parabólica, vodka y mucha lima… La isla era pequeña pero estaba cerca de la costa, por eso era más cara. La posesión que podría dejar a los hijos que le daba pereza tener. Un lugar en el mapamundi al que poner un nombre.

La isla estaba tan cerca de la costa que podía cruzar hasta ella de un saltito, apenas mojándose la goma de las chancletas o refrescándose los tobillos con la marea alta. “Te la compro”, dijo con un gesto de autoridad. “Son 3 euros. Es que está muy cerca y tienes suerte de que mi hermana mayor sea la alcaldesa. Le tendré que dar una comisión”. A pesar de su cara seria, todavía dudó. Con esas tres monedas podía comprarse un calipo y un cucurucho de patatas. “Pero me dejará recalcarla, ¿verdá?”. Recordó que su padre tenía un terreno cerca de un pueblo de Murcia, donde todavía podía verse un cubo roído por el sol, una pala y los restos de una sombrilla. Y no había habido recalcación. Allí era donde hubieran ido de vacaciones todos los años de haberse construido “la villa”, como la llamaba su madre poniendo una cara rara, con una sonrisa que agriaba hasta el colacau. Se alegraba, porque prefería ir cada verano a una playa diferente, con niños distintos, parecidos en el fondo y de los que no le daba tiempo a aburrirse. Un poco chulos, un poco capullos.

“Este es un listo, que cabrón. Pero tendré mi isla hasta el final de  julio. Y luego la venderé por 4, no por 5 euros, porque todo valdrá más y pondré un puente para que se pueda pasar. Y me tomaré dos calipos como de vodka con lima, mirando su cara de culo”, pensó o algo muy parecido. Así que un apretón en el que cambiaron de manos tres monedas selló el contrato. Todavía sentía su forma redonda y el olor a metal en la palma cuando puso el pie en su isla. Lástima que las algas le hicieran resbalar y caer en el agua recalentada. Por suerte había esperado a que el resto se fuera. Tuvo ganas de llorar de vergüenza, pero se aguantó. Seguro que a lo lejos alguien le había visto.

Y mientras el bañador se le llenaba de arena y agua, se sintió extraño. ¿Para qué sirve tener una isla? “Para remar poco”, se tranquilizó. Porque estando tan cerca de la costa, qué más le podía pasar.

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Accidente

accidente

Foto: B.B.

Quizá se le había caído un botón o intentó resintonizar la radio para no escuchar esa canción que le ponía triste y cabreado a la vez. Total unos segundos, de esos que habitualmente se gastan sin consecuencias. Ahora, si pudiera, compraría unos cuantos.

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Sobre Totum Revolutum

La página Revolutum  colective es la explicacion de este blog, todavía esta vacía. A partir de los comentarios de este post en los que cada uno podemos contar cómo nos gustaría que fuese, qué sucedió en realidad, o en la ficción, para que este proyecto se pusiera en marcha o simplemente saludar y dar una voltereta, seguro que nos ocurre algo. Así que ya tenemos tarea!

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Historias de autobús; ruindad

La mujer mira y remira sus pulserones.  Luego echa un ojo alrededor para ver si alguien se ha fijado en la cantidad de oro que lleva encima.  Una manera como otra cualquiera de intentar llamar la atención, de que todo el mundo sepa de lo que es capaz con su dinero.  

Va impecable. Ropa cara, gafas de sol de marca, uñas largas y lacadas y un bolso de Gucci.

Suben al autobús una mujer ecuatoriana y su hija. Van camino del colegio. Se sientan una frente a otra. A la mujer enjoyada le ha tocado de compañera de asiento la chiquilla.  Se revuelve en el asiento. 

La madre lleva unas zapatillas de deporte, un chándal y una camiseta de tirantes. 

Nuestra mujer-joyero no pierde detalle. Cruza las piernas para que sea evidente que sus zapatos de tacón alto quedan mucho más elegantes que unas zapatillas.  Saca del bolso la cartera y delante de madre e hija cuenta hasta tres billetes de cincuenta euros. No contenta con eso, se quita sus gafas de sol y sus ojos lanzan destellos de desprecio hacia sus compañeras de viaje. 

Va pegada a la ventana. Cuando va llegando a su parada, empuja adrede la mochila de la criatura de tal manera que cae al suelo. La madre se disculpa cuando ni siquiera la emperifollada ha pedido perdón. 

Hubiera pagado por verla tropezarse al bajar del autobús.

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El mostrador

Nuestro querido Luis sí que se ha dado prisa.  A esto le llamo yo ser eficaz.

No como esa gente acostumbrada a leer el periódico en horas de oficina, de cara al público para más inri, y que encima te miran con cara de pocos amigos cuando les preguntas algo como diciendo ” ¿ no ves que todavía voy por las esquelas? “.

No es coña.  Le ha pasado hoy mismo a una amiga en la Escuela Oficial de Idiomas después de un examen de cuatro horas. Se le ha ocurrido consultar cuándo podía hacer la matrícula para otro examen y le han contestado por encima del periódico luego de un rato: ” no sé, mira el tablón de anuncios”.

Menos mal que estaba en el mostrador de información.  Si llega a preguntar lo mismo al limpiacristales que andaba por ahí cerca seguro que hubiera sido más amable.

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Revolutum

duets

Fin de la tierra azul

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