Agua

alehoppp

Foto: B.B.

Hacía tiempo que nadie regaba las rosas que, descabezadas, se quebraban cuando soplaba la brisa. A cambio había crecido una hierba alborotada y crespa de un verde violento y un arbolejo bastardo con unas bolitas casi moradas. En el centro se abría una boca oscura y desdentada que proyectaba su aliento, con un brocal siempre húmedo.

La naturaleza se había organizado alrededor de esa promesa de agua. En rebeldía frente al humano proveedor que la había abandonado. Cada vez que Julia entraba allí creía oír sus deliberaciones, por eso contenía el aliento unos segundos, temerosa de que le negasen el salvoconducto y unos brotes le agarrasen por los tobillos haciéndola caer. O que el pozo le llamase con el único objetivo de devorarla.

Después, con cuidado, extendía una toalla color frambuesa, tanteando el terreno. Miraba hacia ambos lados y más relajada, dejaba caer su mochila a pesar de que en ella llevaba casi todo lo que le importaba: un cuaderno de espiral, un rotulador japonés que le había regalado su mejor amigo, alguna de sus últimas revistas de tatuajes o de historia, unas acuarelas que habían perdido el amarillo, el patito vibrador de Alehop, al que había pintado los ojos con rimel y que ahora se llamaba Lucía, y un revoltijo de pintalabios partidos, coloretes que olían a melocotón, pinzas de pelo, tickets de compra, apuntes prestados de antropología o contemporánea, avituallamiento… Además del mp3 y un par de pequeños altavoces. No le gustaba ponerse auriculares, prefería que la música envolviese los objetos que tenía alrededor, que se colase por las rendijas, adquiriese ecos y reverberaciones…

Sin preocuparse del golpe contra el suelo, Julia sacó el pequeño aparato y se tumbó entre los bafles, con los brazos cruzados sobre el pecho como en un coqueto ataúd expuesto al sol primaveral. Con los ojos cerrados la luz creaba sombras y destellos entre sus pestañas. Sentía que el calor la envolvía, la elevaba, la hacía balancearse al ritmo de las melodías. Abrió una botella de zumo de piña y tras darle un par de sorbos, comenzó a quitarse la ropa. Volaron las sandalias con dos patadas al aire, hizo girar la camiseta por encima de su cabeza mientras cantaba. ¡Fuera la falda, tarachán tachán! A la porra el sujetador y el tanga, que cayó sobre el aterrado arbolito.

Se tumbó de nuevo, levantando una rodilla y luego otra, haciendo girar los brazos. Luego volvió a coger la postura de cadáver recién lavado aunque sin dejar de mover un poco los hombros. A los cinco minutos, aburrida de su mortalidad, volvió a revolver en la mochila. Se colocó con cuidado a Lucía y la puso en marcha. Zmmmmmmmmm. Los rayos del sol se ondularon, haciendo circular su sangre más deprisa, cada vez más deprisa, mientras el suelo se iba ablandando…

Concentrada en la expansión de cada una de sus células, del universo entero, oyó más allá de las notas, de sus latidos, de su respiración abierta, el sonido que esperaba oír. Un leve chapoteo, un roce contra la piedra, apenas las plantas de unos pies que la hierba amortiguaba, un cambio en la composición del aire que lo elevaba una octava, un frescor que surgía de la profundidad de la tierra.

Y así, agitada, cada vez más deprisa, más deprisa, sabía que ella se estaba acercando y que pronto le envolvería la sombra de su cuerpo mojado haciendo desaparecer el sol. Que la cubriría con el íntimo sabor del agua detenida.

Lucía, su Lucía, a la que ya no tendría que pedir los apuntes para rozar sus dedos. Lucía que un día abandonaría el fondo para juntas correr enrojecidas y azules, llenas de risa, de pellizcos y empujones, de besos pegajosos y cálidos, sacando la lengua ante cualquier comentario idiota. Volteretas en el césped, cervecitas al lado del río, pescando barbos en la corriente libre y nunca igual.

Alehooooopppppp! El tiempo estalló. Volvió a sentir el sol duro y ajeno, los músculos flojos, el zumbido del pato de goma volcado de mala manera… Y una humedad gélida que se evaporaba creando espejismos sobre su ombligo. Exhausta, mientras se adormecía, giró la cabeza y sonrió a las huellas con gotitas como diamantes que llegaban hasta el pozo. Cuestión de esperar. 

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Un Comentario

  1. mane
    Publicado Junio 29, 2009 en 4:49 pm | Permalink

    boquiabierta me dejas.

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