Anisakis, anopheles, anexitis… ¿Por qué no dejaba de repetirse esas palabras? Una y otra vez. Toda la noche. Como en un concurso demente, sin premio ni consuelo. Y las tripas fatal. Serán los nervios. Empezar nunca es fácil. Mucha responsabilidad. Anisakissss, anoooo… ¡Mierda!
Te llaman becario pero a parte de preparar café, hay que demostrar muchas cosas. Que vales, que no te derrumbas. Ya se imaginaba las miradas maliciosas. ¿Se está poniendo verde? ¿Vomitará? Pero, ¡qué fino, qué niño pijo! Risitas. Aneeeexitisss. Tendría que haberse hecho ginecólogo como su amigo Floren. Ese si que sabe. Pero con sus notas era imposible. También recordaba allí esas miraditas con tan mala intención. ¿Tú? Si justo has entrado en la facultad y gracias a la recomendación de tu cuñado. Otro… tan correcto, siempre en el lugar que debía, con ese corte de pelo, pulcro hasta cuando cambiaba los pañales, perfecto, un hombre tan hombre… ¡Anopheles, anopheles, anopheles!
Es que también era maldita la casualidad. Después de una noche casi en vela, recibir esa llamada. Que no acudiese a la oficina, que en quince minutos pasarían a recogerle de camino a ese lugar. ¿Te suena? Como no iba a saber dónde estaba. La carretera entre árboles, el cruce, la verja, el sonido de las piedras cuando pasa el coche, el silencio incómodo cuando se detiene, las expectativas. Llévate un cuaderno para ir anotando todo. No te preocupes por el instrumental, no vas a tener que hacer casi nada, solo es para que te vayas familiarizando con el trabajo. Sobre todo tu estomago… risitas de nuevo.
¿Cómo podían bromear con eso? Odiaba el azar porque siempre parecía burlarse de él. Iba a ser su primer día. Y sabía exactamente lo que se iba a encontrar: el cuello vuelto hacia el hombro derecho en un ángulo tan delicado que haría que sus ojos se empañasen, ahora algo más rígido… un pie descalzo, el hedor del banquete de las larvas, lejos del dulce de la sangre viva que le recordaba al olor de una carnicería de caballo. El tacón del zapato cerca de la morera. Esa punta tan aguda que le hizo llorar de soledad. El pañuelo blanco… ¿por qué ella llevaba un gran pañuelo blanco en el bolso? Eso le intrigaba ¿Estaba preparada para la despedida?
Apuró su tostada y suspiró. Bueno, siempre tiene que haber una primera vez. Dentro de unos años se acordará de este día con una sonrisa, cuando sus colegas, los otros forenses, le inviten a cenar por sus bodas de plata con la profesión. Pronunciará un bonito discurso. Quizá incluso, como un guiño hacia si mismo, logre meter entre sus palabras, dividido y escondido como sus muchos secretos, el mantra sin sentido que le viene persiguiendo: anisakis, anopheles, anexitis. Cuanto respeto, cuantos gestos de aprobación.
Pero hoy, ahora, mientras baja en el ascensor, solo puede pensar: ¿por qué no me habré hecho ginecólogo como mi amigo Floren? Así podría odiar a las mujeres. Únicamente odiarlas.
2 Comentarios
Grande, Berta, grande…
Ja ja ja. Que bueno!