Todos tenemos nuestras fobias. Yo hace tiempo no era capaz de subir a un avión. Ahora cada vez que vuelo me duermo. Hubo un tiempo en que me dio por acojonarme en los ascensores hasta que por segunda vez me quedé encerrada, me sacaron los bomberos y solucionado el problema.
Esta semana caminando con una amiga vimos un ratón de campo. Mi amiga pegó un chilló impresionante y se agarró a mi brazo con tal fuerza que pensaba que no me llegaba la sangre a la mano. Estos bichos a mí no me provocan la menor reacción. Si fueran ratas aún.
Recuerdo que una vez alguien a quien aprecio mucho mató uno de un palazo y estuvimos jugando a ver quien de los dos hacía que traspasara una valla. La pala hacía de cesta. Nos inventamos el remonte con ratón. El único miedo que tenía era que me cayera encima.
Con lo que no puedo es con las serpientes. Un día nos apareció una víbora pequeña en el almacén. Nos avisaron que la habían metido en una cubeta de plástico. No podía concentrarme por mucho que la tuviera bien lejos de mí. Así que lo que hice fue cuando no me vio nadie, coger la misma pala con la que se mató el ratón y cargarme la víbora. Me costó lo mío porque la muy asquerosa se retorcía de una forma increíble. La recogí con la escoba y la pala, la envolví con bien de papel de embalar sin tocarla, y la tiré.
Al rato alguien preguntó qué había pasado con el maldito bicho. No me dolieron prendas en admitir mi asesinato. No me hacía ninguna gracia pensar que se escapara de aquel terrario provisional y me apareciera de sorpresa a los días en algún archivador.
La bronca que me cayó fue monumental. Resulta que el animalito de marras está protegido por ley.
Miedos
Todos tenemos nuestras fobias. Yo hace tiempo no era capaz de subir a un avión. Ahora cada vez que vuelo me duermo. Hubo un tiempo en que me dio por acojonarme en los ascensores hasta que por segunda vez me quedé encerrada, me sacaron los bomberos y solucionado el problema.
Esta semana caminando con una amiga vimos un ratón de campo. Mi amiga pegó un chilló impresionante y se agarró a mi brazo con tal fuerza que pensaba que no me llegaba la sangre a la mano. Estos bichos a mí no me provocan la menor reacción. Si fueran ratas aún.
Recuerdo que una vez alguien a quien aprecio mucho mató uno de un palazo y estuvimos jugando a ver quien de los dos hacía que traspasara una valla. La pala hacía de cesta. Nos inventamos el remonte con ratón. El único miedo que tenía era que me cayera encima.
Con lo que no puedo es con las serpientes. Un día nos apareció una víbora pequeña en el almacén. Nos avisaron que la habían metido en una cubeta de plástico. No podía concentrarme por mucho que la tuviera bien lejos de mí. Así que lo que hice fue cuando no me vio nadie, coger la misma pala con la que se mató el ratón y cargarme la víbora. Me costó lo mío porque la muy asquerosa se retorcía de una forma increíble. La recogí con la escoba y la pala, la envolví con bien de papel de embalar sin tocarla, y la tiré.
Al rato alguien preguntó qué había pasado con el maldito bicho. No me dolieron prendas en admitir mi asesinato. No me hacía ninguna gracia pensar que se escapara de aquel terrario provisional y me apareciera de sorpresa a los días en algún archivador.
La bronca que me cayó fue monumental. Resulta que el animalito de marras está protegido por ley.
Vaya. Sólo me faltaba una multa del SEPRONA.