Historias de autobús; ruindad

La mujer mira y remira sus pulserones.  Luego echa un ojo alrededor para ver si alguien se ha fijado en la cantidad de oro que lleva encima.  Una manera como otra cualquiera de intentar llamar la atención, de que todo el mundo sepa de lo que es capaz con su dinero.  

Va impecable. Ropa cara, gafas de sol de marca, uñas largas y lacadas y un bolso de Gucci.

Suben al autobús una mujer ecuatoriana y su hija. Van camino del colegio. Se sientan una frente a otra. A la mujer enjoyada le ha tocado de compañera de asiento la chiquilla.  Se revuelve en el asiento. 

La madre lleva unas zapatillas de deporte, un chándal y una camiseta de tirantes. 

Nuestra mujer-joyero no pierde detalle. Cruza las piernas para que sea evidente que sus zapatos de tacón alto quedan mucho más elegantes que unas zapatillas.  Saca del bolso la cartera y delante de madre e hija cuenta hasta tres billetes de cincuenta euros. No contenta con eso, se quita sus gafas de sol y sus ojos lanzan destellos de desprecio hacia sus compañeras de viaje. 

Va pegada a la ventana. Cuando va llegando a su parada, empuja adrede la mochila de la criatura de tal manera que cae al suelo. La madre se disculpa cuando ni siquiera la emperifollada ha pedido perdón. 

Hubiera pagado por verla tropezarse al bajar del autobús.

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Un Comentario

  1. Luis
    Publicado Junio 10, 2009 en 4:37 pm | Permalink

    De ser una desgraciada no es tan fácil de quitarse como quitarse una gafas de sol . Gracias

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